Grúas, terrenos baldíos, centros de datos, más centros de datos, en construcción, por todas partes. “Mire ese, es realmente enorme”. Desde su coche, con el que recorremos los condados de Loudoun y Fairfax, en Virginia, cerca de la capital federal, Washington D. C., Ann Bennett, activista de la asociación ecologista Sierra Club, se muestra crítica con este frenesí inmobiliario. “Ahí está, la ‘nube’. Ya lo ven. Es indescriptible”.
Tiene razón. El paisaje es distópico. A lo largo de carreteras rectilíneas, detrás de las líneas eléctricas recién instaladas, se alinean gigantescos edificios grises, color crema o azulados, sin ventanas. Después aparecen unos transformadores eléctricos inmensos y zonas en obras, una tras otra. Aunque aún es junio, las temperaturas superan con holgura los 35 °C. En pleno corazón del Corredor de los Centros de Datos (Data Center Alley), los habitantes de los municipios acomodados de Virginia circulan a toda velocidad en coches grandes (...)


