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Un mundo que desaparece

Peluquería al pie del muro

marzo de 2004

Enroscada alrededor del tronco como un echarpe de aire, un árbol quizás asmático lleva en bandolera una cámara de neumático. Entre dos tijeretazos, el peluquero se ocupa también de los neumáticos pinchados. Para todos, una sala de espera, un diván profundo como una acera donde los clientes aguardan en medio de una resaca de cabellos negros. Bajo la sombra del toldo, tendido entre grandes refuerzos de estacas de bambú sostenidas por ladrillos rojos, se agitan dos sienes plateadas. Una cabeza de alfiler sobre una bata blanca tan amplia como una enfermería. Dos pinzas para la ropa sostienen el cierre del cuello. El peluquero está parado frente a un pequeño asiento sin brazos ni respaldo que cayó del cielo como un traspontín. Un generoso reclinatorio montado sobre un tornillo que está allí, tan rígido como una nuca, de espaldas al espejo, sobre el borde de su sombra, con mechones de cabellos (...)

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P.-S.

Extraído de Xi, y porque es sólo el comienzo.