Los estudios feministas sobre el cine no figuran entre los ámbitos en los que Francia puede jactarse de estar a la vanguardia. Lo anterior es una litote tirando a suave: de hecho, es de lamentar un grave retraso. Hubo que esperar al #MeToo para empezar a recuperar terreno. No obstante, la cosa no tiene nada de sencilla ni de natural: la teoría feminista no es que haya sido “olvidada” por la crítica francesa; la pregunta que se plantea atañe más bien a su compatibilidad. ¿Estamos asistiendo a una revancha, la del realismo sociológico contra la estética y sus embelesos, a veces indebidos? Es solo un resumen de la situación, pero no es lo peor. Lo que sí se está dando es una lucha. La tradición crítica francesa —a la que pertenece el autor de este artículo—, aunque conmocionada, resiste. Cuesta tragar la píldora. Pero eso no significa que no vaya siendo hora. Hora de que la cuestión empiece a dar coces. De que surja un debate. Tres libros recientes contribuyen a él.

Hélène Fiche se ha basado en su tesis doctoral para escribir un libro, que no ha sido traducido al castellano, en el que estudia las 362 películas que congregaron más de 700.000 espectadores en Francia a lo largo de la década de 1970 (1). De ellas entresaca, en especial, la figura de la mujer resolutiva e insiste en el papel que en este sentido desempeñó una actriz francesa muy popular entonces y un poco olvidada hoy: Annie Girardot. Pero si lo hace es para describir mejor la estrategia de contraataque a la que recurrió la dominación masculina durante esa misma década, y todavía más en la siguiente. Dominique Memmi, directora de investigación en ciencias sociales del Centro Nacional para la Investigación Científica (CNRS, por sus siglas en francés) parte de una constatación turbadora: desde principios de la década de 1960, cada vez más películas francesas han puesto en escena casos de empleadas domésticas que asesinan a sus empleadores (2). Dicha frecuencia no se corresponde, sin embargo, con ningún fenómeno real. ¿A qué se debe el desajuste? La respuesta tal vez resida en un afán de exorcizar ciertos fantasmas entre los realizadores, que en su gran mayoría proceden de la clase dominante.

Geneviève Sellier, profesora de estudios cinematográficos, escribió un ensayo en 2005 recientemente reeditado en Francia (3) en el que se muestra que, pese a lo innovadora que fue la nouvelle vague en lo que al arte respecta, estuvo lejos de serlo en su visión de las mujeres. Una nueva litote: Sellier, de hecho, ve en este movimiento la expresión de una dominación masculina redoblada por lo que había llamado “el culto del autor” —también es autora de un libro del mismo título (Le Culte de L’auteur, La Fabrique, 2024) sin duda escrito con excesiva premura para seguirle el ritmo a la actualidad—. El volumen que ahora nos ocupa, La Nouvelle Vague, brinda al trabajo de Sellier, que durante mucho tiempo fue la única investigadora francesa que estudió las cuestiones de género en el cine, la profundidad histórica que la hace tan valiosa. También es provechosa la lectura del posfacio que Occitane Lacurie dedica precisamente al atraso francés en la materia. Por un lado, es tarde para Francia. Demasiado tarde para que libros como estos no parezcan una contraofensiva. Por otro, sin embargo, tal vez sea temprano: la disciplina apenas ha empezado a ponerse al día. ¿Habrá un diálogo entre el feminismo y la crítica cinematográfica? Qué suspense.



