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Escalada en Oriente Próximo

Israel-Irán, la guerra que viene

VIERNES 13 DE JUNIO | Era solo cuestión de tiempo. En la noche del jueves al viernes, Israel llevó a cabo un ataque aéreo masivo contra más de un centenar de instalaciones militares y nucleares de Irán. Según las primeras informaciones, hay numerosos daños en varias ciudades, entre ellas Teherán, Tabriz y Qom. Las autoridades iraníes han reconocido la muerte de varios altos cargos, entre ellos Hossein Salami, comandante de la Guardia de la Revolución, y Mohammad Bagheri, jefe del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas.

Aunque aún es demasiado pronto para afirmar que ha comenzado una nueva guerra en Oriente Próximo —todo dependerá de la magnitud de la respuesta iraní y de la actitud de Estados Unidos—, parece que el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, no se desvía de su principal obsesión: acabar a toda costa con el programa nuclear desarrollado por Teherán desde hace más de tres décadas.

Mientras la devastación de Gaza alimenta la ira contra Israel en muchas partes del mundo, la apertura de un frente con Irán podría permitir a Netanyahu cerrar filas con sus ciudadanos frente a las capitales extranjeras que exigen sanciones. Mientras Washington se contentaba con calificar el ataque de “unilateral” —una forma de significar que Tel Aviv ha actuado por su cuenta sin el aval estadounidense—, París, a través de su ministro de Asuntos Exteriores, Jean-Noël Barrot, ha hecho un llamamiento “a la moderación” y ha reafirmado “el derecho de Israel a defenderse de cualquier ataque”...



Mientras en Gaza prosiguen los bombardeos israelíes y los combates y la situación humanitaria sigue deteriorándose, acaba de evitarse un nuevo conflicto de consecuencias potencialmente devastadoras entre Tel Aviv y Teherán. Sin embargo, nada parece capaz de poner fin a la lógica de enfrentamiento entre estos dos enemigos.

por Akram Belkaïd, mayo de 2024
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Waqas Khan. – Detonate (’Explotar’), 2022

Responder, pero sin causar demasiado daño: este ha sido el curso de acción escogido por Irán e Israel para cerrar un intercambio de agresiones militares que, durante varios días, se temió que pudiera degenerar en un conflicto regional de alta intensidad. La secuencia en tres tiempos comenzó el 1 de abril con un bombardeo israelí contra un edificio anexo del consulado iraní en Damasco. Este ataque causó la muerte de varios miembros del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica, popularmente conocidos como pasdarán (los ‘guardias’) y asignados al apoyo militar y logístico de los aliados regionales de Teherán. Menos de dos semanas después, en la madrugada del 13 al 14 de abril, la República Islámica lanzó la operación Promesa Honesta con una ráfaga de 300 drones y misiles, la mayoría de los cuales fueron interceptados por el sistema de defensa antiaérea israelí con la ayuda de Estados Unidos, Francia y Reino Unido. Presentada como un fracaso total por Israel y los occidentales, en realidad, la respuesta había sido anunciada varias horas antes de su activación: en efecto, la diplomacia iraní se había encargado de advertir a Washington y, en consecuencia, a Tel Aviv. La operación no tuvo como objetivo ningún centro urbano o económico. Los iraníes expresaron con ello claramente que no deseaban causar víctimas civiles y que “el asunto [estaba] cerrado”.

Tras esta acción, el mundo esperó con aprensión “la respuesta a la respuesta al ataque”, por citar las palabras de un analista de Al Jazeera (16 de abril). Esta llegó, finalmente, con las primeras luces del día del viernes 18 de abril en forma de lanzamientos de drones israelíes contra una base aérea cercana a Isfahán. Fue un bombardeo altamente simbólico, pues el ataque tuvo como objetivo, sin causar demasiados daños materiales, la provincia donde se encuentra el complejo nuclear de Natanz, elemento clave del programa iraní de enriquecimiento de uranio. “Una respuesta de desescalada”, opina Guillaume Ancel, exoficial francés y escritor (1). Pero las cosas bien podrían no detenerse ahí.

El Ejército israelí, que desde 1948 ha combatido siete veces contra sus vecinos –la última en Líbano en 2006 (2)– está sin lugar a dudas a las puertas de un octavo conflicto, en esta ocasión frente a Irán. El preludio de este previsible enfrentamiento arrancó a finales de la década de 2000 con los asesinatos de varios científicos iraníes que participaban en el programa de desarrollo nuclear de su país y de efectivos de los pasdarán desplegados en Siria para sostener al régimen de Bachar al Asad o en Líbano para apoyar al brazo armado de Hezbolá. Como ha evidenciado el singular tríptico de abril, este enfrentamiento de baja intensidad podría descontrolarse en cualquier momento, incendiando el Máshreq y más allá. Iluminar los contornos de este enfrentamiento implica mostrar cómo la evolución de la actual guerra en Gaza podría incitar al primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, a intensificar las hostilidades con Irán y arriesgarse a un conflicto generalizado. Muy a pesar de Estados Unidos, que no escatima esfuerzos para mantener el statu quo entre estas dos potencias regionales.

A las masacres (1160 muertos y 7500 heridos) y la toma de rehenes (250) cometidas por Hamás el 7 de octubre de 2023 durante su operación Inundación de Al Aqsa, Tel Aviv ha respondido con una devastación sistemática. Más del 70% de las viviendas de la franja palestina han sido destruidas (3). Hasta el 22 de abril, según un informe elaborado por el Ministerio de Sanidad del enclave, se han contabilizado 34.000 gazatíes muertos y 7500 heridos, sin contar a los desaparecidos. La población civil gazatí vive un auténtico calvario, bombardeada día y noche, a veces con ayuda de programas de inteligencia artificial (4), blanco indiscriminado de francotiradores y drones, obligada a desplazarse hacia el sur donde se hacina en la frontera egipcia y privada de asistencia sanitaria tras la destrucción de casi todos los hospitales y de ayuda humanitaria a causa del bloqueo impuesto por Tel Aviv. En una conferencia de prensa celebrada el 31 de enero en Ginebra, Michael Ryan, director del Programa de Emergencias Sanitarias de la Organización Mundial de la Salud (OMS), describió la situación como una “catástrofe masiva” para una población “que muere de inanición y es empujada al borde del abismo”.

Dadas las circunstancias, uno de los resultados diplomáticos más relevantes de la guerra es el retorno de la cuestión palestina al primer plano. Las cancillerías occidentales habían tendido a perderla de vista desde la firma de los Acuerdos de Abraham en 2020 y la normalización de las relaciones entre Israel, por un lado, y los Emiratos Árabes Unidos, Baréin, Marruecos y Sudán, por otro, a la espera de Arabia Saudí. En ausencia de presiones de los países árabes, que hasta entonces exigían la restitución de las tierras palestinas a cambio de un acuerdo de paz, la proclamación de un Estado palestino se hizo menos urgente. La guerra de Gaza se ha encargado de demostrar la inutilidad de tal razonamiento. Es cierto que ninguno de los Estados implicados ha puesto en tela de juicio esta normalización, y aunque Riad ha suspendido oficialmente sus conversaciones con Tel Aviv, esta suspensión sería una cuestión temporal, según fuentes próximas al primer ministro y príncipe heredero Mohamed Bin Salmán (MBS) (5).

Sin embargo, Israel tiene que hacer frente ahora al renacido interés mundial por el destino de los palestinos. Más allá de las masivas protestas populares registradas en prácticamente todo el mundo contra los crímenes de guerra israelíes cometidos en Gaza (véase el artículo de Daniel Finn, página 6), se está librando una dura batalla en el plano jurídico y diplomático. El pasado 29 de diciembre, Sudáfrica, respaldada por varios países no occidentales, interpuso un recurso ante el Tribunal Internacional de Justicia (TIJ), solicitando a esta institución dependiente de las Naciones Unidas que dictara medidas cautelares para proteger la vida de los gazatíes. Pretoria situó su requerimiento en “el contexto más amplio de la conducta de Israel hacia los palestinos durante sus 75 años de apartheid, sus 56 años de ocupación beligerante del territorio palestino y sus 16 años de bloqueo de la Franja de Gaza”. Menos de un mes después, el TIJ emitió una resolución en la que ­ordenaba a Tel Aviv que impidiera cualquier posible acto genocida y permitiera el acceso de la ayuda humanitaria al enclave. Esta decisión allana el camino a posibles acciones legales contra importantes mandatarios israelíes. Además, el 19 de abril, la cadena de televisión israelí Channel 12 informó del temor de estos mismos dirigentes a que el Tribunal Penal Internacional (TPI), con sede en La Haya, emitiera órdenes de detención contra el primer ministro Benjamín Netanyahu y otras figuras políticas y militares por presuntas violaciones del derecho internacional en Gaza.

Por su parte, el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas ha examinado un proyecto de resolución argelino en el que se instaba a la Asamblea General a “admitir el Estado de Palestina como miembro de las Naciones Unidas” (18 de abril). Aunque Estados Unidos ha impuesto su derecho de veto, el texto fue aprobado por 12 votos a favor, entre ellos el de Francia, mientras que el Reino Unido y Suiza se abstuvieron. Para disgusto de Tel Aviv y sus partidarios, varios países europeos, entre ellos España, Irlanda, Malta y Eslovenia, han manifestado su voluntad de reconocer el Estado de Palestina en nombre de una paz duradera y de la estabilidad en Oriente Próximo. La cuestión ha vuelto a ocupar un lugar destacado en las organizaciones internacionales. Consciente del creciente aislamiento de Washington en este asunto, el embajador estadounidense Robert Wood se apresuró a aclarar que el veto no implicaba “oposición [a la existencia] de un Estado palestino”, sino que el reconocimiento de este último requeriría “una negociación entre las dos partes”. En consecuencia, los palestinos deberán esperar a que la clase política israelí, ferozmente opuesta en su conjunto a la solución de los dos Estados, cambie de opinión… (6).

Presiones internacionales a favor del reconocimiento de Palestina y riesgo de procesos judiciales, especialmente si Tel Aviv decide aplicar su plan de expulsar a una parte de los gazatíes a la península del Sinaí: ¿cuál es la estrategia de Netanyahu en un contexto en el que ninguno de sus objetivos de guerra –eliminar a Hamás y rescatar a los rehenes– se ha alcanzado? La respuesta puede resumirse en pocas palabras: ampliar el alcance de la guerra. Aunque se confirme la desescalada con Teherán, a la que tanto ha contribuido Washington, es evidente que se ha alcanzado un nuevo nivel en el enfrentamiento entre Irán e Israel.

Es la primera vez que, en efecto, la República Islámica ataca directamente territorio israelí. En adelante, no hay ninguna garantía de que los pasdarán acepten, como ha ocurrido en el pasado, los golpes asestados por Tel Aviv sin tomar represalias, incluidos los ataques dirigidos contra sus tropas desplegadas en Siria. Tras el bombardeo contra el consulado iraní en Damasco, muchos expertos occidentales dieron por sentado que Irán no respondería. ¿Acaso no llevaba años soportando la liquidación de sus científicos y oficiales? En noviembre de 2020, un robot ametralladora controlado por satélite asesinó a Mohsen Fakhrizadeh, viceministro de Defensa y jefe de la Organización de Investigación e Innovación Defensiva (Sepand) –considerado el “padre” del programa nuclear iraní–, sin que Teherán materializara su amenaza de “venganza implacable” (7).

Esta vez, sin embargo, Irán no ha tardado en responder, demostrando sobre todo que su Ejército es capaz de infligir daños considerables a Israel. Es cierto que casi la totalidad de los trescientos artefactos lanzados fueron neutralizados, pero, ¿qué ocurrirá mañana si, aprovechando las lecciones aprendidas del análisis de los métodos de defensa utilizados por Israel y sus protectores, Teherán lanza sin previo aviso un ataque con material ­balístico mucho más rápido y sofisticado? “En caso de acción decisiva por parte de Israel, responderemos inmediatamente y con todo”, ha advertido el ministro iraní de Asuntos Exteriores, Hossein Amir Abdollahian (20 de abril).

En este posible crescendo, no debemos pasar por alto el deseo obsesivo de Netanyahu de batirse con Irán. Para el primer ministro israelí, no se trata solo de urdir una maniobra que le permita eludir los procesos judiciales en su país manteniéndolo en un estado de guerra que imponga la unidad nacional y reduzca la probabilidad de unas elecciones anticipadas en las que su impopularidad le llevaría sin duda a la derrota (8). Apuntar a Irán no tiene tampoco como único objetivo desviar la atención internacional de las matanzas de Gaza y torpedear las iniciativas diplomáticas que buscan propiciar el nacimiento de un Estado palestino. En efecto, Netanyahu considera a Irán como el principal enemigo de Israel. La única fuerza militar, desde la caída del régimen de Sadam Husein en Irak, que representa una amenaza existencial.

El 27 de septiembre de 2012, en la tribuna de las Naciones Unidas, Netanyahu blandió un tosco dibujo de una bomba de mecha para asegurar que Teherán estaba en condiciones de dotarse del arma nuclear. “La próxima primavera –afirmó ‘Bibi’–, como muy tarde el próximo verano, al ritmo al que [los iraníes] están enriqueciendo [uranio] actualmente, podrán pasar a la fase final. Solo necesitan unos meses, quizá unas semanas, antes de tener suficiente uranio enriquecido para fabricar la primera bomba nuclear”. No era más que un atropello a la verdad, uno de tantos, ya que, unos meses antes, el ministro israelí de Defensa, Ehud Barak, y su jefe del Estado Mayor, Benny Gantz, habían declarado públicamente que Irán no tenía ni la intención de dotarse de la bomba ni los medios para hacerlo (9).

Unas semanas más tarde, a medida que se propagaban las informaciones sobre las negociaciones entre Estados Unidos e Irán para alcanzar un acuerdo sobre este desafío nuclear –que concluyeron en julio de 2015 para disgusto de Tel Aviv–, Netanyahu afirmó en un discurso pronunciado en Jerusalén que estaba “preparado si fuera necesario” para lanzar un ataque contra las instalaciones nucleares iraníes. Posteriormente, durante la campaña electoral de marzo de 2015 que le reportaría un cuarto mandato, insistió una y otra vez en su lema: “Ni Estado palestino, ni potencia nuclear iraní”.

La posibilidad de una guerra israelo-iraní condiciona las relaciones de fuerza en Oriente Próximo y en el Golfo. Para las monarquías petroleras, la hostilidad de Tel Aviv respecto a Teherán es al mismo tiempo una bendición y una amenaza. Tanto Riad como Abu Dhabi cuentan con Israel para remediar la retirada de Estados Unidos de la región. Aunque Arabia Saudí e Irán han accedido a mitigar sus tensiones bilaterales gracias a la mediación de China, la desconfianza persiste (10). En las mezquitas del reino se continúa calificando a los chiíes de apóstatas. En 2010, el rey Abdulá instó al presidente Barack Obama a “cortar la cabeza de la serpiente”, en otras palabras, a destruir el programa nuclear iraní. Las autoridades saudíes y emiratíes consideran que Teherán debería haber aprendido de la lección de la invasión de Irak y del cambio de régimen de 2003. Para prevenir ese potencial peligro, la República Islámica necesita dotarse de armas nucleares. Pero al mismo tiempo, las monarquías petroleras temen las consecuencias inmediatas de una guerra. Este recelo es especialmente perceptible en Dubái y Qatar, cuyas instalaciones petrolíferas, energéticas y de desalinización de agua están a tiro de piedra. Para estas monarquías, incapaces de defenderse por sí mismas y paralizadas ante la idea de experimentar los horrores padecidos por los kuwaitíes en 1990, la solución ideal sería dejar que Israel haga el trabajo sucio por su cuenta. Riad y Abu Dhabi se apresuraron, por cierto, a restar importancia a su papel desempeñado en la defensa de Israel durante el ataque iraní del 13 de abril.

Por parte iraní, siempre han desmentido cualquier carácter militar de su programa nuclear, a veces incluso argumentando que la construcción de una bomba sería contraria a los preceptos islámicos, que reservan la capacidad de destrucción total de la humanidad únicamente al poder ­divino. Y aunque Israel sigue siendo ­vilipendiado por la propaganda del régimen, lejos quedan los tiempos en que el presidente Mahmud Ahmadineyad describiera a Israel como “una criatura artificial que no sobrevivirá” (11).

No obstante, el jueves 18 de abril, el general Ahmad Haghtalab, jefe de la división de seguridad nuclear de la Guardia Revolucionaria, advirtió a Israel de que su país podría revisar su doctrina nuclear utilizando nuevas armas: “Si el régimen sionista pretende actuar contra nuestros centros e instalaciones nucleares, se enfrentará sin duda a nuestra reacción. Y, como contraataque, las instalaciones nucleares de ese régimen serán atacadas con armas avanzadas”.

Este discurso reforzará la actitud beligerante del primer ministro Netanyahu y, al tiempo, complicará la tarea de Estados Unidos. ¿Cuál será, en efecto, la posición de Washington si regresa a la Casa Blanca Donald Trump, artífice del torpedeo del acuerdo nuclear de 2015? Reacio a comprometer a su país en una nueva guerra, podría sin embargo dejar las manos libres al primer ministro israelí y garantizar un suministro constante de municiones. Sea como fuere, Netanyahu dispone de una solución alternativa: llevar a cabo su amenaza de guerra total contra el Hezbolá libanés. A finales de marzo, el ejército israelí anunció que había alcanzado “aproximadamente 4500 objetivos de Hezbolá” y matado a “más de 300 miembros” desde el 7 de octubre. En un contexto de intercambio de disparos diario, el partido chií y Tel Aviv han evitado, hasta el momento, una guerra total, pero también en este caso existe el riesgo de que se produzca el incendio. Y, a diferencia de 2006, cuando optó por la moderación, nada garantiza que esta vez Teherán no acuda en ayuda de su aliado.

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(1) “Explosions en Iran: ‘Israël a mené une riposte de désescalade’”, France 24, 19 de abril de 2024.

(2) Véase Tania-Farah Saab, “Un conflit de trentetrois jours”, en “Liban. 1920-2020, un siècle de tumulte”, Manière de voir, París, n.° 174, diciembre de 2020 - enero de 2021.

(3) Vinciane Joly, “Guerre à Gaza: qu’est-ce que le ‘domicide’ dont Israël est accusé?”, La Croix, París, 10 de enero de 2024.

(4) Yuval Abraham, “‘Lavender’: The AI machine directing Israel’s bombing spree in Gaza”, +972 Magazine, 3 de abril de 2024, www.972mag.com

(5) Véase Hasni Abidi y Angélique Mounier-Kuhn, “Frenazo a la normalización entre Riad y Tel Aviv”, Le Monde diplomatique en español, noviembre de 2023.

(6) “Netanyahu se vante d’avoir empêché ‘depuis des décennies’ un État palestinien”, The Times of Israel, 20 de febrero de 2024.

(7) Ronen Bergman y Farnaz Fassihi, “The hightech killing of a nuclear scientist”, The New York Times, 19 de septiembre de 2021.

(8) “Israël: de plus en plus de voix s’élèvent pour réclamer des élections anticipées”, Radio France Internationale, 4 de abril de 2024.

(9) Jeffrey Heller y Maayan Lubell, “Israel’s top general says Iran unlikely to make bomb”, Reuters, 26 de abril de 2012.

(10) Véase Akram Belkaïd y Martine Bulard, “Pekín, ¿hacedor de la paz en el Golfo”, Le Monde diplomatique en español, abril de 2023.

(11) “Iran-Israël, les meilleurs ennemis du monde”, France 24, 10 de mayo de 2018.

Akram Belkaïd