Ese 29 de septiembre de 1968, a dos pasos del campus de la Universidad de Michigan, en la pequeña ciudad de Ann Arbor, una detonación rompe el silencio de la noche. Cinco cartuchos de dinamita acaban de pulverizar el centro clandestino de reclutamiento de la todopoderosa Central Intelligence Agency (CIA). Quince días después le llega el turno al edificio del Instituto de Ciencia y Tecnología.
La policía rápidamente establece una conexión entre los dos acontecimientos: el instituto es conocido por sus actividades clasificadas como de alto secreto y por desarrollar sensores infrarrojos que el ejército estadounidense utiliza para acosar a los guerrilleros en Vietnam o América Latina. (...)



