“Para ser atomista en la Antigüedad, no había que temer el escándalo”, explica el profesor Pierre-Marie Morel, especialista en filosofía antigua, en un estudio sobre el atomismo grecorromano (1). Morel rastrea los fundamentos de esta corriente de pensamiento, combatida por Platón y Aristóteles, pero también por los estoicos, los escépticos y los moralistas latinos, quienes contribuyeron a distorsionar su imagen. Y es que esta doctrina, forjada por los griegos Demócrito (460-370 a. C.) y Epicuro (341-270 a. C.), así como por el poeta latino Lucrecio (98-55 a. C.), se opone abiertamente a la concepción finalista del mundo —regido por un principio ordenador o por la Providencia—, común a los grandes sistemas de la Antigüedad. Para estos subversivos, el universo, eterno e infinito, solo contiene vacío y átomos: los mundos que alberga, los astros y seres vivos, son agregados perecederos surgidos de la colisión de esos corpúsculos cuando se desvían de su curso. Según Lucrecio (2), esta desviación atómica espontánea, o clinamen, explicaría nuestro libre albedrío. De composición corpuscular, el alma también es mortal. En cuanto a los dioses, también hechos de átomos pero “alejados de nuestros asuntos” (3), no tienen poder sobre nosotros. Así pues, subraya Morel: “no hay causas inmateriales, providenciales o sobrenaturales, ni intenciones divinas a las que debamos someternos”. Al rechazar toda trascendencia, el atomismo elimina la posibilidad de un más allá, dicho de otro modo, de una vida después de la muerte, y sitúa al individuo frente a sí mismo, hic et nunc, ejerciendo su libertad.
En Epicuro, la filosofía atomista se acompaña de una ética destinada a liberar al hombre del fatalismo y el miedo a la muerte, así como del peso de las creencias y supersticiones. La Grecia de su época está marcada por las guerras, el declive político, la miseria y la desigualdad, que fomentan la desesperanza y el recurso ilusorio a las divinidades. “La época de Epicuro es una época de opresión”, escribió Paul Nizan (1905-1940): “una terrible incertidumbre domina la vida” (4). La ética es, pues, una respuesta concreta a esa situación. No ofrece un modelo de virtud basado en el conocimiento del bien en sí, como en Platón, sino que aspira a ser una sabiduría práctica, orientada a la felicidad y la emancipación individual, cuya clave es el placer mesurado, circunscrito a las simples necesidades. Lejos de abogar por el desenfreno y el exceso, el hedonismo epicúreo tiene por meta, como afirma claramente el filósofo en su Carta a Meneceo, “la ausencia de dolor en el cuerpo y de trastornos del alma”, a través de una conducta regida por la templanza, la prudencia y la frugalidad. La amistad y solidaridad, cultivadas en comunidades autárquicas al margen de la ciudad, ocupan un lugar central en esta filosofía, que trata de ser accesible a todo el mundo. La escuela que Epicuro funda en las lindes de Atenas está, por lo tanto, abierta a todos, incluidas las mujeres y los esclavos (una excepción en la época). Su doctrina representa una amenaza para las escuelas rivales —y para la aristocracia— “porque se extendió primero entre la gente humilde”, precisa Nizan.
Si bien el epicureísmo como movimiento se extinguió gradualmente con el auge del cristianismo, el pensamiento atomista le sobrevivió. En una obra colectiva dedicada a la construcción del concepto de materialismo (5), Mario Cosenza recuerda la importancia que el legado epicúreo revistió para Karl Marx, quien, en 1841, en su tesis filosófica sobre Demócrito y Epicuro, afirmó: “El hecho de haber absolutizado la libertad de la autoconciencia individual es el principio que ha permitido a la humanidad liberarse del terror a lo Trascendente”.


