En nuestras democracias, para neutralizar una idea que corre el riesgo de sembrar dudas sobre los valores que justifican el sistema vigente no hace falta prohibirla (estamos a favor de la libertad...). Basta con pervertirla, vaciarla de sentido. Es algo discreto y elegante, aparte de bien visto, puesto que de lo que se trata no es de mostrarse reaccionario atacando un descubrimiento, sino, por el contrario, de mostrarse progresista popularizándolo; y, en fin, discreta maravilla, resulta rentable. Es lo que de modo llamativo ocurrió con el concepto de inconsciente.
Cuando los escritos de Sigmund Freud y sus discípulos afirmaron que ese misterioso concentrado de nuestras profundidades era un actor de nuestras vidas, nuestra (...)



