Antes de conocer a Dersu, el oficial ruso Vladimir Arseniev, expedicionario durante treinta años a la Siberia oriental, pensaba en los hombres primitivos como egoístas y en el sentimiento de humanidad como patrimonio del hombre civilizado. ¿Estaría equivocado?
En 1902, acampados en la noche de la taiga apareció un cazador gold de hablar simple y bajo. Parecía modesto pero no humilde, de cincuenta y tres años y sin domicilio. Donde miraba sabía lo ocurrido, conocía todas las huellas y lo que las borraba y las hacía perdurar. Preveía lo venidero y sus acciones contemplaban el beneficio de quienes vinieran después. Como Marco Aurelio, concebía el mundo como un ser viviente único. Él y la naturaleza era una misma cosa. “Miro alrededor de mí y percibo el aire ligero y el tiempo no pesado… las colinas y la selva son como los hombres. Sudan, respiran como nosotros”. De un gran jabalí decía (...)


