El accidente nuclear de Chernobil (1986) quedó en el pasado y me temo que poca gente lo recordaría hoy sino fuera porque un hecho que se nos vendió como improbable se repitió recientemente en Japón y con mayor crudeza si cabe. Pero esta novela gráfica no es tanto una alegato antinuclear como una oda al principio de prudencia, una especie de epílogo a esa fábula nuclear en la que vivimos, que tan pronto asemeja a la de Ícaro como a la de Prometeo.
Este libro deja a un lado tanto las explicaciones técnicas como los detalles sensacionalistas, y se acerca, mediante un contundente dominio del silencio y del blanco y negro, a la experiencia de una familia afectada por la tragedia. Primero: los abuelos, que pese a todo deciden volver a vivir en "la zona", gente de campo, agricultores de la fértil Ucrania a quienes la energía nuclear nunca les dio (...)


