Durante la década de 1980, cuando se establece en París, Ray Lema es la encarnación de lo que dio en llamarse “músicas del mundo”. De los sintetizadores y la electrónica de Médecine (1985) a su colaboración con las voces búlgaras del conjunto Pirin en 1992, la música del pianista y compositor congoleño allanó el terreno para nuevas fusiones. Cuarenta años después, lo que nos ofrece el ex director musical del Ballet Nacional de Zaire es una música “íntima”. En este nuevo álbum reaparecen todas las músicas que ha frecuentado a lo largo de sus ochenta años de vida (1): la música “clásica” europea, descubierta durante su infancia en el seminario, la rumba, el jazz, el twist, la salsa, las melodías y ritmos de su país, incluida por descontado la rumba congoleña, y de otras partes del mundo... Es con el conjunto italiano Partage —cuarteto de cuerda, saxofón soprano y percusión— con el que Lema entreteje sus piezas neoclásicas, vivaces y melancólicas. Actualmente confía en interpretar esas composiciones con una orquesta sinfónica.

Descubrió ese universo, “rico como mi selva ecuatorial” (2), mientras actuaba como solista con la Jazz Sinfônica de São Paulo. En aquel entonces, en 2009, invitaba desde Brasil a los músicos africanos a que “escucharan y comprendieran el poder y la belleza de los verdaderos violines y violonchelos”, así como a sus dirigentes para que “impulsaran la creación de esas orquestas”.
Desde entonces, la situación no ha cambiado en lo tocante a las instituciones públicas continentales. Sudáfrica es el único país que subvenciona formaciones clásicas, no sin dificultades y escándalos. En el resto del mundo angloparlante —principal vivero de esta escena— los músicos, que a menudo crecieron a la sombra de los templos e iglesias, están invisibilizados, y los pioneros, olvidados: en Abuya, capital de Nigeria, no hay una sola calle que recuerde al organista y compositor Fela Sowande (1905-1987), padre de la música nacional moderna. Compuesta con motivo del 25º aniversario del Joburg Ballet, la nueva obra del sudafricano Neo Muyanga se interpretará en julio en su país. Pero, como muchos de sus colegas de la música contemporánea, vive sobre todo de los encargos de los balés y óperas europeos. No hace falta decir que el divorcio entre esos artistas y el público es grande. Se les reprocha que hagan “música de blancos”.

Lema también ha sufrido durante mucho tiempo por ese “malentendido”. Pero es optimista: impulsada por el streaming, la cultura pop africana está derribando barreras y fronteras. Al igual que el hiphop desde hace una década, la escena afrobeat nigeriana está empezando a abrirse a los instrumentos de cuerda, viento y percusión con el apoyo del sector privado. El pasado noviembre, Asake, acompañado de un conjunto sinfónico patrocinado por una famosa marca de bebidas energéticas, ofreció un impresionante concierto ante el público del Kings Theatre de Brooklyn. A finales de 2025, esta vez en Lagos, su compatriota Dapper actuó acompañado de un conjunto de ochenta y cinco profesionales nigerianos.
Inmejorable manera de suscitar vocaciones. En la estela de Lema, artesano de músicas exigentes pero “incurablemente solidario”, según lo canta él mismo, de su continente.


