Durante mi primera visita al Bois de Boulogne, a los nueve años de edad, no fui a ver el Jardin d’Acclimatation. Hasta décadas después no descubrí la oscura historia de ese lugar. Quizás si mi padre me hubiera dicho, cuando me propuso dar un paseo por ese inmenso parque parisino, que había un parque de atracciones escondido en uno de los rincones del amplio bosque, con animales y tiovivos, habría querido ir.
Pensándolo bien, puede que optara deliberadamente por no proponerme visitar el Jardin. Este hombre de cultura enciclopédica no ignoraba que el lugar escondía crímenes y traumas, y no quería abrumar con ellos al niño que yo era. Por supuesto, no podía saber que otro capítulo del sombrío pasado de Francia nos aguardaba en el parque. Mientras deambulábamos por un dédalo de caminos, topamos, por pura casualidad, con una gran estela cilíndrica de piedra: el monumento a los fusilados de (...)


