El filósofo alemán Günther Anders (1902-1992) describió en uno de sus apólogos los esfuerzos de Noé para convencer a sus congéneres de la inminencia del diluvio universal. El patriarca se dedicó, día tras día, a “abrirles los ojos a los ciegos y gritar en los oídos de los sordos”. Si, a la manera de Noé, el papel del intelectual consiste en despertar la inquietud entre sus contemporáneos, disipar las ilusiones reconfortantes y devolverlos sin descanso a la realidad, puede decirse que Anders no descuidó su misión.
Cuando, en agosto de 1945, los estadounidenses arrojaron sus bombas sobre Hiroshima y Nagasaki, Anders —exiliado desde hacía más de diez años (1)— consideró que la humanidad había ingresado en una nueva era: el “tiempo del fin”. “Ha comenzado una nueva época —escribió— en la cual, en cualquier momento, […] toda nuestra tierra puede convertirse en un Hiroshima”. Convencido de que “no podemos conformarnos con interpretar la Ética a Nicómaco mientras se acumulan las ojivas nucleares”, Anders aborda en profundidad el problema de las armas atómicas.
En sus textos no se limita a alertar sobre el peligro nuclear (2). También se pregunta sobre la nueva condición de una humanidad superada por su propia creación técnica y abocada a su eliminación por medio de las armas que ella misma fabrica y tolera. También reflexiona sobre los nuevos marcos e imperativos morales surgidos de esta situación, así como sobre el modo de evitar el peligro y los poderosos mecanismos que favorecen el olvido de la amenaza.
En opinión de Anders, el prodigioso desarrollo técnico ha suscitado un “desfase prometeico”: a los seres humanos, dotados de facultades imaginativas ordinarias, les cuesta figurarse los efectos de su poder tecnológico, en especial el peligro de “apocalipsis desnudo” que se cierne sobre ellos. Esta carencia del entendimiento favorece la inhibición. Pero el olvido de la amenaza atómica también es el resultado buscado y conseguido por el aparato industrial, militar y político. Frente a los “minimizadores profesionales”, el filósofo defiende “la osadía de tener miedo”.
Aunque comprometido con la lucha antinuclear, Anders no por ello desertó de otros campos de batalla. También se manifestó en contra de la agresión estadounidense en Vietnam, en especial con su participación en los trabajos del Tribunal Russell. En cierto modo, su propósito venía a ser el mismo: obligar a sus contemporáneos a que abrieran los ojos. Para levantar del todo el velo, no bastaba con denunciar las atrocidades cometidas por las tropas estadounidenses: también había que abordar los discursos que acompañaban la intervención militar, sacar a la luz los valores y resortes que la hacían posible, y revelar la “mentalidad del imperialismo contemporáneo” que, pese a todo, unía a la sociedad estadounidense con sus muchachos desplegados en Asia. A ello se dedican los breves, mordaces y ácidos artículos de los que consta Visit Beautiful Vietnam (1968) (3). Anders señala en ellos la obscenidad moralizante de la propaganda de guerra, el ingenuo cinismo de los dirigentes, la amnesia alimentada por los medios de comunicación de masas y la facilidad con la que la mayoría consiente la hecatombe.
Anders es de la cuerda de un Karl Kraus: sarcástico, implacable y decidido a realizar cueste lo que cueste su oficio de Casandra. Una radicalidad que tal vez haya frenado la recepción de sus textos, pero que también ha permitido que su obra haya perdurado sin envejecer ni enmohecerse. Por desgracia, a su pensamiento no le ha salido ni una arruga.


