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"No puede haber una verdadera soberanía popular sin poder". Por Jean-Luc Mélenchon (texto en español y en francés)

por Jean-Luc Melénchon, Jueves 28 de enero de 2021

Qué es el poder? La capacidad de hacer y, si es necesario, de no tener obstáculos. El poder es en este sentido un estado de la soberanía del pueblo. Es el atributo, así como el medio. La soberanía sólo se logra con el poder sin obstáculos. Y no hay soberanía que no sea un acto de poder sobre el orden de las cosas en el que tiene lugar. Estos principios no son tan abstractos como parecen. Proclaman lo que la experiencia demuestra: la soberanía del pueblo es una cuestión de equilibrio de poder. Nunca se otorga, nunca se concede. Los poderosos nunca se resignan a ello. La lucha por la soberanía del pueblo consiste en conquistar y luego mantener su poder. Este es, además, el objeto inicial de la Revolución Ciudadana a la cual me consagro. Sólo triunfará adquiriendo los medios de poder del pueblo que le permitan superar los obstáculos que la mantienen fuera del poder en su historia.

Si salimos victoriosos en las urnas en 2022, el curso de acción de nuestro gobierno podría describirse como un programa de soberanía ampliada. Funcionaría para extender el poder del pueblo a las zonas de las que actualmente está excluido y para eliminar la dominación que lo limita en todas partes. Repito: la soberanía popular se refiere aquí a la capacidad del pueblo de disponer libremente de todo lo que concierne a su vida colectiva.

Capacidad de actuar

Para lograrlo, estos medios deben, por lo tanto, corresponder a la voluntad del pueblo. Quienes, como yo, han observado a los gobiernos de la ola democrática en América Latina para aprender de ellos, saben que el déficit de poder fue el principal obstáculo a superar.

Así que vamos a pasar a los aspectos concretos que nuestras concepciones implican. Afirmamos que los mejores programas están condenados a seguir siendo una lista de deseos sin las capacidades disponibles para lograrlos. Esas capacidades son la disponibilidad popular, el carácter colectivo de la adopción de decisiones, el nivel de educación y calificación, el capital industrial acumulado, la calidad de los servicios públicos, la solidez del Estado, sus capacidades de financiación o la seguridad del territorio. Es imposible ignorar estos elementos. ¿Cuántos gobiernos de transformación social en los países que los imperialismos habían mantenido en una forma de subdesarrollo tuvieron que hacer concesiones porque tropezaron ante la dificultad de reunir los medios para llevar a cabo una decisión?

Francia está en una situación muy diferente. Somos la sexta potencia económica del mundo. Nuestro nivel de educación es muy alto. Los obreros, técnicos e ingenieros franceses tienen calificaciones de vanguardia, resultado de una extraordinaria acumulación de trabajo humano. El Estado es antiguo y bien establecido. Sabe cómo recaudar los impuestos y hacer cumplir la ley. Su marco y su red geográfica permiten prever numerosas políticas de lucha contra la pobreza o de relocalización de las actividades económicas y agrícolas. Sin embargo, también debemos ser conscientes de la merma del poderío francés. Ha sido desmantelado ladrillo por ladrillo por el neoliberalismo durante al menos 20 años. Los recortes en los servicios públicos, el libre comercio, la desindustrialización y la competencia entre las empresas nacionales han socavado gravemente nuestras capacidades en muchas áreas. Esta creciente impotencia se ha cristalizado en el colapso de la salud. Para luchar contra la epidemia, las autoridades han recurrido a soluciones arcaicas basadas en la privación de libertades. La primera razón de tal debacle fue la política de recortes presupuestarios que el hospital público sufrió durante años. Durante esta crisis, descubrimos también que ahora dependemos principalmente de las importaciones asiáticas para el 80% de nuestros medicamentos. Pasaron semanas y semanas antes de que tuviéramos suficientes mascarillas, porque nuestra industria textil había desaparecido, en parte, como resultado de las relocalizaciones, y porque el gobierno liberal estaba requisando lo que quedaba de ella. La lista podría extenderse indefinidamente. Si llegamos a la cima del poder, tendremos que asumir la responsabilidad de reconstruir un cierto poder en el sector de la salud, a través del sector público de los medicamentos, del fin del libre comercio de productos esenciales y de las inversiones masivas en hospitales. Sin eso, ninguno de nuestros objetivos de salud pública será posible.

Potencia industrial y bifurcación ecológica

Los parlamentarios inconformes han sintetizado todas estas demandas en la demanda central de un retorno a la planificación. El fracaso del sistema de la mano invisible del mercado y del equilibrio espontáneo basado únicamente en la señal del precio, es evidente. Ha llevado a la destrucción de las fuerzas productivas y a la impotencia para satisfacer las necesidades sociales. La planificación tiene como objetivo devolver los campos de producción, intercambio y consumo al redil democrático. Confía a la deliberación la coordinación entre las fuerzas que contribuyen a la producción y la distribución y la anticipación del futuro según los objetivos establecidos. Puede verse como una apropiación colectiva del tiempo. La planificación es, por lo tanto, el instrumento natural de la bifurcación ecológica, ya que se trata precisamente de la viabilidad del futuro. Pero no es nada si no puede apoyarse en una industria fuerte, en una infraestructura y en habilidades. Estos son los elementos que nos hacen poderosos o impotentes. Por ejemplo, en las principales obras que se van a construir, está el sector del agua. El cambio climático modifica e interrumpe el ciclo del agua. Pero es consustancial a la existencia misma de las sociedades humanas. Por lo tanto, debe ser el centro de nuestra atención. Una de las tareas es, por ejemplo, renovar completamente nuestra red de tuberías. Actualmente, un litro de cada cinco se pierde. Pero, por supuesto, para poder reemplazar los tubos, primero hay que fabricarlos. En Pont-à-Mousson, en Francia, tenemos una de las mejores fábricas del mundo para esto. El industrial que lo posee está tratando de venderlo. Los chinos y un fondo de pensiones americano están ya en fila de espera. ¿Es nacionalismo rechazar este traspaso bajo control extranjero, un preludio de la relocalización? No, porque la conservación de esta potencia industrial es la condición previa para la planificación ecológica. Así como la venta de la rama de energía de Alstom a la empresa norteamericana General Electric fue una catástrofe, no sólo desde el punto de vista del capitalismo francés, sino sobre todo desde el punto de vista de los grandes desafíos en el interés general de nuestro pueblo.

La libertad de actuar por el bien común

La noción de poder tiene mucho que ver con la noción de independencia. Soy un independentista francés convencido. No por nostalgia chovinista, sino porque quiero que se respeten las decisiones democráticas del pueblo francés. En primer lugar, esto significa eliminar cualquier amenaza externa que limite sus decisiones o impida que se transformen en acciones concretas. La independencia no es, de hecho, nada más que nuestra libertad. Sigue siendo tanto una condición de poder como un atributo de este. Por eso, en mi opinión, las cuestiones de defensa también son centrales. Nuestra autonomía en materia militar, es decir, nuestra capacidad de defender la integridad de nuestro territorio por nuestra cuenta es una condición esencial para una democracia efectiva. Esto implica una ruptura con la Alianza Atlántica pero también una industria nacional que sea distinta de los complejos americanos o de otros estados. Este deseo de independencia no debe confundirse con el belicismo o el nacionalismo. La libertad de los franceses también puede ser la de actuar por el bien común. En el mar, en el espacio, en el mundo digital, Francia puede ser la voz del derecho civilizador contra la competencia bélica. Puede defender la no explotación de las profundidades marinas o del espacio, concebir los grandes ecosistemas oceánicos o forestales como bienes comunes de la Humanidad o provocar la retirada de las prácticas del capitalismo de vigilancia en las redes digitales. Puede hacerlo gracias a su poder.

Hoy en día, el poder es un objetivo político. Está confiscado porque el poder popular también está confiscado. No se restaurará sin una profunda alteración de las prioridades políticas del país y la reconstrucción de instituciones capaces de rehacer la soberanía popular. Este es el objeto de las revoluciones ciudadanas que están sacudiendo nuestros tiempos. Ayudar a conseguirlo en Francia ha sido el hilo conductor de mi lucha política durante más de 10 años. Una vez más, es el horizonte que estoy fijando para las elecciones presidenciales de 2022. ¿Pero qué significa realmente la expresión «Revolución Ciudadana»? No se trata de revivir un folclore romántico que señalaría un radicalismo superficial. Tampoco busca enlazar opuestos para disminuir la carga simbólica de una palabra en algunas mentes. Ella ofrece tanto el contenido de nuestra política como sus medios. Es una «revolución», ya que su programa cambia la naturaleza de la propiedad al plantear la lógica de los bienes comunes y la del poder en el ágora ciudadana y en la empresa. Se llama «ciudadana» porque se hace democráticamente a través de un proceso constituyente. La soberanía popular, el otro nombre de la democracia, es tanto el objetivo como el medio de la revolución ciudadana. Su proyecto político está dirigido a generar su potencia efectiva: la armonía entre los seres humanos y con la naturaleza, es decir, la filosofía general propuesta por su programa: “El Futuro en Común”.


TEXTO EN FRANCÉS:

« Il ne peut y avoir de réelle souveraineté populaire sans pou-voir » - Par Jean-Luc Mélenchon

Qu’est-ce que la pouvoir ? La capacité de faire et, le cas échéant, de faire sans qu’une entrave puisse l’empêcher. La pouvoir est, en ce sens, un état de la souveraineté du peuple. Elle en est l’attribut autant que le moyen. Il n’est de souveraineté accomplie que dans la pouvoir sans entrave. Et il n’est de souveraineté qui ne soit un acte de pouvoir sur l’ordre des choses au sein duquel elle prend place. Ces principes ne sont pas si abstraits qu’il y parait. Ils pro-clament ce que l’expérience montre : la souveraineté du peuple est une affaire de rapports de force. Elle n’est jamais octroyée, elle n’est jamais concédée. Les puissants ne s’y résignent jamais. Sans cesse recommencée, la lutte pour la souveraineté du peuple consiste à en conquérir, puis à en maintenir la pouvoir. C’est d’ailleurs l’objet initial de la Révolution citoyenne dont je me ré-clame. Elle ne triomphe qu’en acquérant les moyens de pouvoir du peuple qui lui permet de vaincre les entraves qui le retiennent hors du pouvoir sur son histoire.

Si nous sortons victorieux dans les urnes en 2022, on pourrait qualifier la ligne de conduite de notre gouvernement comme une programme de souveraineté élargie. Il travaillerait en effet à élargir le pouvoir du peuple aux domaines dont il est actuellement exclu et à lever partout la domination qui le limite. Je le répète : la souveraineté populaire désigne ici la capacité du peuple à disposer librement de tout ce qui concerne sa vie collective.

Capacité d’agir

À la volonté populaire, il faut donc faire correspondre les moyens de la réaliser. Ceux qui, comme moi, ont observé, pour en apprendre, les gouvernements de la vague démocratique en Amérique latine savent que le déficit de pouvoir fut le principal obstacle à surmonter.

Entrons donc à présent dans les aspects concrets que nos conceptions impliquent. Affirmons que les meilleurs programmes sont condamnés à rester une liste de vœux pieux sans les capacités disponibles pour les réaliser. Ces capacités sont la disponibilité populaire, le caractère collectif de la prise de décision, le niveau d’éducation et de qualification, le capital industriel accumulé, la qualité des services publics, la solidité de l’État, ses capacités de financement ou la sûreté du territoire. Il est impossible de faire l’impasse sur ces éléments. Combien de gouvernements de trans-formation sociale dans des pays que des impérialismes avaient maintenu dans une forme de sous-développement ont dû composer parce qu’ils trébuchaient face à la difficulté de réunir les moyens de réalisation d’une décision ?

La France est dans une situation bien différente. Nous sommes la 6ème puissance économique mondiale. Notre niveau d’éducation est très élevé. Les ouvriers, les techniciens, les ingénieurs français disposent de qualifications de pointe issues d’une extraordinaire accumulation de travail humain. L’État est ancien et bien établi. Il sait lever l’impôt et faire respecter la loi. Son armature et son maillage géographique permettent d’envisager bien des politiques de lutte contre la pauvreté ou de relocalisation des activités économiques et agricoles. Cependant, nous devons avoir conscience aussi du recul de la puissance française. Elle a été démantelée brique par brique par le néolibéralisme depuis au moins 20 ans. Saccage des services publics, libre-échange, désindustrialisation et mise en concurrence des entreprises nationales ont sérieusement entamé dans bien des domaines nos capacités. Cette impuissance croissante s’est cristallisée dans le faillite sanitaire. Pour lutter contre l’épidémie, le pouvoir a eu recours à des solutions archaïques reposant sur des privations de libertés. La première raison d’une telle débâcle réside dans les politiques de réduction budgétaire dont l’hôpital public a souffert pendant des années. Pendant cette crise, nous avons aussi découvert que nous dépendions désormais d’importations, principalement asiatiques, pour 80% de nos médicaments. Nous avons mis des semaines et des semaines avant d’avoir assez de masques car notre industrie textile a en partie disparue au fil des délocalisations et parce que le gouvernement libéral refaisait les réquisitions de ce qui en reste. La liste pourrait continuer encore longuement. Si nous arrivons au sommet, il nous faudra bien assumer la responsabilité de recons-truire une certaine puissance en matière sanitaire par le pôle public du médicament, la fin du libre-échange sur des produits essentiels, les investissements massifs dans l’hôpital. Sans cela, aucun de nos objectifs de santé publique ne sera possible.

Pouvoir industrielle et bifurcation écologique

Les parlementaires insoumis ont synthétisé toutes ces demandes dans la revendication centrale d’un retour à la planification. L’échec du système de la main invisible du marché et de l’équilibre spontané à partir du seul signal du prix est criant. Il a abouti à la destruction des forces productives et à l’impouissance à répondre aux besoins sociaux. La planification ambitionne de faire revenir les champs de la production, de l’échange et de la con-sommation dans le giron démocratique. Elle confie à la délibération la coordination entre les forces concourant à la production et à la distribution et l’anticipation sur le futur en fonction d’objectifs donnés. Elle peut se concevoir comme une appropriation collective du temps. La planification est donc l’instrument naturel de la bifurcation écologique puisqu’elle s’occupe précisé-ment de la viabilité de l’avenir. Mais elle n’est rien si elle ne peut s’appuyer sur une industrie forte, des infrastructures et des qualifications. Autant d’éléments qui font notre puissance ou notre im-puissance. Ainsi, dans les grands chantiers à mettre place, il y a par exemple celui de l’eau. Le changement climatique modifie et dérègle le cycle de l’eau. Mais il est consubstantiel à l’existence même des sociétés humaines. Il doit donc concentrer toute notre attention. L’une des tâches consiste, par exemple, à rénover en profondeur notre réseau de canalisations. Il laisse s’échapper un litre sur cinq actuellement. Mais bien sûr, pour pouvoir remplacer les tuyaux, il faut, avant cela, les fabriquer. Nous avons en France l’une des meilleures usines du monde pour cela, à Pont-à-Mousson. L’industriel qui la possède cherche à la vendre. Des chinois, un fond de pension américain sont sur la file d’attente. Est-ce du nationalisme que de refuser ce passage sous contrôle étranger, prélude à la délocalisation ? Non, car la conservation de cette puissance industrielle est le préalable à la planification écologique. Tout comme la vente de la branche énergie d’Alstom à l’américain General Electric fut une catastrophe non seulement du point de vue du capitalisme français mais surtout de celui des grands défis d’intérêt général de notre peuple.

La liberté d’agir pour le bien commun

La notion de pouvoir a beaucoup à voir avec celle d’indépendance. Je suis un indépendantiste français convaincu. Non par nostalgie chauvine mais parce que je veux voir respecter les décisions démocratiques du peuple français. En premier lieu, cela suppose de lever toute menace extérieure qui contraindrait ses décisions ou l’empêcherait de se transformer en actes concrets. L’indépendance n’est rien d’autre en fait que notre liberté. C’est encore à la fois une condition de la puissance et un attribut de celle-ci. C’est pourquoi à mes yeux les questions de défense sont aussi centrales. Notre autonomie en matière militaire, c’est-à-dire notre capacité à défendre seuls l’intégrité de notre territoire est une condition incontournable de la démocratie effective. Cela implique la rupture avec l’alliance atlantique mais aussi une industrie nationale dis-tincte des complexes américains ou d’autres États. Il ne faut pas confondre cette volonté d’indépendance avec du bellicisme ou du nationalisme. La liberté des français peut aussi être celle d’agir pour le bien commun. En mer, dans l’espace, dans le monde numérique, la France peut être la voix du droit civilisateur contre les compétitions guerrières. Elle peut défendre la non-exploitation des grands fonds ou des astres, la conception des grands écosystèmes océaniques ou forestiers comme bien communs de l’Humanité ou le recul des pratiques du capitalisme de surveillance sur la toile. Elle le peut grâce à sa puissance.

Aujourd’hui, la puissance est un objectif politique. Elle est confisquée parce que le pouvoir populaire l’est tout autant. Elle ne sera pas restituée sans un profond bouleversement des priorités politiques du pays ni sans la refondation d’institutions capable de reconstituer la souveraineté populaire. C’est l’objet des révolutions citoyennes qui agitent notre époque. Aider à son accomplissement en France est le fil rouge de mon combat politique depuis plus de 10 ans. C’est de nouveau l’horizon que je fixe pour l’élection présidentielle de 2022. Mais que signifie réellement l’expression Révolution citoyenne ? Elle n’est pas faite pour ranimer un folklore romantique qui signalerait une radicalité superficielle. Elle ne cherche pas non plus à marier les contraires pour amoindrir la charge symbolique d’un mot dans certains esprits. Elle donne à la fois le contenu de notre politique et son moyen. Il s’agit d’une « révolution » puisque son programme change la nature de la propriété en mettant en avant la logique des biens communs et celle du pouvoir dans la cité et dans l’entreprise. Elle dite « citoyenne » car elle se fait par la voie démocratique à travers un processus constituant. La souveraineté populaire, l’autre nom de la démocratie, est à la fois l’objectif et le moyen de la révolution citoyenne. C’est à sa puissance effective qu’est vouée son projet politique : l’harmonie entre les êtres humains et avec la nature, philosophie générale proposée par l’Avenir en Commun.

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Jean-Luc Melénchon