Son muchos los trabajos críticos dedicados a la pareja y a las relaciones familiares. Ha llegado el momento de arrojar, también, una mirada política sobre la amistad. Las afirmaciones progresistas de moda a este propósito son, a menudo, abstractas. Pero su interés teórico no es baladí. Defender la amistad como un vínculo tan legítimo como el amor, “pensar en la posibilidad de la amistad entre mujer y hombre” y “cuidar nuestras amistades femeninas” (1): Alice Raybaud, periodista en Le Monde, que se cuida de precisar que habla “desde el punto de vista de una mujer bisexual de 26 años, blanca y socialmente favorecida”, invita a apoyarse en la amistad para contemplar otras formas de cohabitar o de criar niños. Antiguas activistas del francés Movimiento de Liberación de las Mujeres (MLF) ofrecen su testimonio sobre cómo las complicidades personales han tenido un papel esencial en la estructuración de su lucha. El principio de “ternura amistosa” también ha influido en sus reflexiones sobre la acogida de mujeres que quieren abortar. Hoy en día, tomarse en serio la amistad supone asimismo, por ejemplo, “pensar en otra clase de proyectos de envejecimiento” basados en relaciones por afinidad elegidas y gozosas.
Teorizar sobre la amistad no tiene nada de nuevo. La Revolución francesa estuvo señalada por “la apetencia de unas relaciones sociales distintas a las gobernadas por la sangre, el interés, la jerarquía o la pasión”, como recuerda el historiador Philippe Bourdin en la introducción a L’Amitié en révolution (2). Las sociedades recibían el nombre de Amigos de la Constitución, Amigos de los Derechos de Hombre, Amigos de la Igualdad… Los republicanos, herederos en parte de la cultura de la masonería y lectores de autores griegos y romanos, desplegaron un discurso sobre la amistad caracterizado por su sutilidad. En caso de ser secreta, puede favorecer las facciones, pero también tiene virtudes políticas en cuanto antídoto contra el egoísmo. “La patria no es en modo alguno la tierra, sino la comunidad de los afectos”, escribió Saint-Just, que, en un tratado sobre las instituciones republicanas formuló la siguiente regla: “Sea desterrado quien afirme no creer en la amistad”. Como sostiene Marisa Linton en su contribución a este libro colectivo codirigido por Bourdin y Côme Simien, “las redes basadas en la amistad y la lealtad personal tuvieron un papel clave en la elaboración de las inclinaciones y las alianzas políticas”, unas fidelidades que a veces se pagaron caras.
Por su parte, el investigador Timothée Chabot realizó, entre 2018 y 2021, una encuesta entre alumnos de secundaria con el fin de averiguar qué es para ellos la amistad. De ella se desprende que no comparten el gusto de sus padres por la homofilia (es decir, una preferencia por los socialmente semejantes) (3). El instituto puede favorecer esta mezcla que los propios alumnos afirman apreciar. No obstante, es preciso organizarla colectivamente, ya que los acercamientos al margen de la clase social no es cosa que pueda darse por sentada, y ese es precisamente el papel de las políticas públicas. En el caso de los institutos, depende de bien poca cosa: “Será preferible tener algunos latinistas en cada clase en vez de una clase que los agrupe a todos”.


