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¡Todos influencers!

El gran timo

por Benoît Bréville, junio de 2025

Autor de una de las pocas tesis dedicadas a los influencers, Jérôme Godefroy analizó con singular atención el ascenso de una microinfluencer del fitness (1). Paulina lleva queriendo trabajar en la sanidad desde niña. Paralelamente a sus estudios de enfermería, en 2015 abre una cuenta en Instagram con el propósito de “compartir fotos de todo y de nada”. Se dedica, sobre todo, a documentar sus actividades deportivas, lo que le lleva a adquirir una pequeña notoriedad. En dos años, su cuenta reúne a 3000 seguidores. Cuando, en 2018, su cuenta supera ya los 10.000 followers, Fitsport (nombre ficticio) —una empresa portuguesa de complementos alimenticios deportivos que también vende una gran variedad de otros productos (textiles, paraguas…)— se pone en contacto con ella y le dicen que están interesados en su perfil. Basta una semana y cinco correos para empezar a tutearse y crear una asociación. “Me dan 50 euros al mes que puedo usar en su página web. A continuación, recibo el paquete y les hago publicidad. A cambio, tengo un código promocional que comparto con mis seguidores, y luego me pagan en función de los pedidos que hacen”, explica Pauline.

Pauline aprende sobre la marcha los trucos del oficio. Descubre que las imágenes en las que aparece sonriente merecen mayor aprobación por parte de sus seguidores, y que ciertas partes de su cuerpo son especialmente celebradas. “Hace poco —cuenta— publiqué dos fotos en leggings; tampoco es que fuera nada del otro mundo, pero el caso es que tuvieron muchos ‘me gusta’. […] Cuando se me ven un poquito las nalgas, pues bueno, ya sé que la cosa va a funcionar enseguida”. Como señala Jérôme Godefroy, Pauline se va creando el “físico apropiado”, poniendo su cuerpo al servicio de los intereses económicos de la empresa. Su pequeño éxito en las redes sociales la conduce a replantearse sus aspiraciones y descubre un nuevo deseo de trabajar en el sector de la nutrición deportiva.

En nueve meses de colaboración, de agosto de 2018 a mayo de 2019, la web de la empresa fue visitada 316 veces gracias a Pauline, y 197 de esas visitas se tradujeron en pedidos que, en total, sumaron 9877 euros en compras, de los cuales, 945 los recibió la influencer en calidad de comisión (menos del 10%). Si a ello le añadimos los 50 euros de descuento que le ofrecieron cada mes a Pauline, el total de sus retribuciones se elevó a 1395 euros. La joven afirma que una publicación en Instagram puede llevarle hasta cuatro horas de trabajo, y que se esfuerza por publicar “como mínimo, cinco fotos por semana”. Una cantidad de tiempo nada desdeñable.

Pauline puede percibir sus comisiones en dinero o en vales de compra para usar en la página web de la empresa. Pero, como no está registrada como autónoma, debe optar por la segunda solución. De ahí que, para apurar al máximo sus recursos, Pauline deba consumir cada vez más. Acaba por comprar de todo y cualquier cosa: un tarjetero, un difusor de aromas, un paraguas… Objetos que nada tienen que ver con su práctica de la musculación. “Para ser sincera, hay objetos que, de otro modo, jamás habría comprado”, admite. En nueve meses, Pauline hizo diez pedidos por un importe total de 1480 euros. Como se vio obligada regularmente a “añadir algunos euros al final del pedido”, acabó pagando 85 euros de su bolsillo. Es decir, que “para permitir que la empresa gane 9962 euros —calcula Jérôme Godefroy—, será la propia Pauline la que deba gastar dinero”.

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(1) Jérôme Godefroy, “Des influenceurs sous influence? La mobilisation économique des usagers d’Instagram”, Travail et emploi, n.° 164-165, París, 2021.

Benoît Bréville

Director de Le Monde diplomatique.