De la hegemonía alemana, los pueblos europeos —los griegos en particular— conservan el amargo recuerdo de la década de 2010. Sin embargo, por aquel entonces aún prevalecía el acuerdo alcanzado en 1990 con motivo de la reunificación: motor económico del Viejo Continente y estrechamente encajada en las redes de la integración europea, Alemania dejaba que Francia reivindicara la supremacía militar y diplomática. Ese compromiso ha quedado atrás.
Desde la invasión rusa de Ucrania, Berlín reestructura su economía, militariza su industria (“Del tren al pánzer, una amarga reconversión” y “Un arsenal para rearmar la industria alemana”) y mima a Rheinmetall, su mercader nacional de cañones (“Rheinmetall, a rienda suelta”). Este gran rearme margina a París y trata con miramientos a Washington. Porque, pese a los desaires infligidos por Donald Trump, Alemania confía en que Estados Unidos le subcontrate la dirección europea de la Alianza Atlántica (“El retorno de lo reprimido”).







