Mientras el Consejo de Seguridad debatía “zonas seguras” y La Haya montaba su tribunal, el cerco de Sarajevo funcionaba además como un mercado. Según Ezio Gavazzeni, entre 1992 y 1995 millonarios occidentales, sobre todo italianos, pagaron por disparar contra civiles desde las posiciones serbobosnias. A partir de testimonios en buena parte anónimos, el periodista reconstruye la cadena: una empresa de seguridad belga con sede en Londres y otra milanesa, vuelos chárter, escoltas serbios, efectivo y una tarifa por blanco abatido que subía si era un niño. Más revelador que el escándalo resulta la infraestructura que lo hizo posible. Ningún “turismo de guerra” funciona sin aduanas distraídas, aerolíneas ligadas a los servicios de seguridad y un mercado de empresas militares privadas que se liberalizó tras la Guerra Fría, ni sin la complicidad de quienes prefieren no mirar. A principios de 1994, la inteligencia bosnia avisó al servicio de inteligencia militar italiano (SISMI), que habló de “un asunto de Estado” y, meses después, aseguró haberlo “cortado de raíz”. No era cierto: según los testigos del libro, los safaris continuaron durante 1994 y 1995. En marzo de 1995, dos diarios italianos lo llevaron a portada y ninguna fiscalía abrió diligencias; ninguna televisión occidental compró el documental que volvió a sacarlo a la luz en 2022.
La Haya condenó a los generales del asedio; a sus clientes no los juzgó nadie. Que sea hoy la fiscalía de Milán la que investigue estos homicidios, que no prescriben, dice mucho de los límites de la justicia internacional y de lo que todavía puede hacer un Estado.
Safaris humanos. La investigación sobre el negocio de la muerte en Sarajevo
Ezio Gavazzeni
Lara Cortes (traducción) | Península, Barcelona, 2026, 328 páginas, 21,90 euros


