Cada atardecer de la temporada de peregrinaciones, de Pascua a Todos los Santos, se despliega un extraño ballet en la explanada de la basílica de Nuestra Señora del Rosario. Cientos de personas que enarbolan banderas y estandartes se dirigen hacia la puerta de Saint-Michel, junto al río Gave de Pau, y luego suben hacia la basílica de la Inmaculada Concepción, cuyo campanario neogótico se alza frente al macizo del Béout. Muchos llevan una vela; varios voluntarios empujan sillas de ruedas. El avemaría resuena en francés, italiano, inglés o árabe, y el Ave Maria en latín cuando las antorchas se alzan hacia el cielo.
No solo el fuego, sino también el agua y la roca simbolizan Lourdes. Por un lado, el agua de la gruta al pie de la basílica de la Inmaculada Concepción, tenida por milagrosa, que los peregrinos se aplican en el rostro o se llevan a casa en las (...)


