En una nueva obra derivada de su tesis, el historiador Mickaël Studnicki invalida varias opiniones preconcebidas, como la homofobia intrínseca a la derecha “dura” o el voto de izquierda de los homosexuales (1). En su trabajo, observa que, desde los inicios de la III República francesa hasta la década de 2010, una parte de la derecha nacionalista —a diferencia de la derecha católica y conservadora— siempre manifestó cierta debilidad por la homosexualidad: no la mencionaba cuando era cuestión de proteger a algunas de sus figuras, alegando que pertenecía a la vida privada, pero prescindía de este principio cuando de atacar a sus adversarios se trataba. Studnicki explica que la “inversión” podía convertirse en un arma política: el socialista Léon Blum fue presentado en el periódico Candide como un “marica” por su dibujante estrella, Sennep… que acabó su carrera trabajando para Le Figaro.
El historiador recuerda las diferencias entre la derecha católica y la nacionalista —tal y como se expresaron a lo largo del siglo XX—, en especial en lo relativo a las leyes sobre el pacto civil de solidaridad (PACS, un contrato de unión civil) y, más adelante, sobre el matrimonio homosexual. Personalidades de la derecha francesa, como Marion Maréchal o Philippe de Villiers, estuvieron presentes en todas las manifestaciones en contra del “matrimonio para todos” en 2012 y 2013; no así Marine Le Pen, acusada de hallarse bajo la influencia de un “lobby gay”: una acusación infamante para la derecha, como se vio recientemente con las polémicas palabras de la exministra de Cultura francesa Rachida Dati, que, según Le Nouvel Obs (18 de febrero de 2026), achacó a un “club gay” la voluntad de arruinar su campaña para las elecciones municipales de París.
Aunque la prensa de principios del siglo XX se regodeaba con los asuntos de costumbres en Londres (el “vicio inglés”) y en Berlín (el “vicio alemán”), se mostraba discreta sobre los dirigentes franceses, por más que una figura de la derecha nacionalista católica como Charles Maurras denunciara los “años locos” y una sociedad en la que “todo se ha afeminado” [Carlo Jansiti hace en Les Plaisirs et les Jours de Jacques Guérin una jocosa descripción del París “homo” de los años 1920 y 1930 (Seuil, París, 2026, 324 páginas, 22,90 euros).]]. Tales opiniones no fueron ajenas al régimen de Vichy, que aprobó una legislación represiva el 6 de agosto de 1942. Y eso que en el Gobierno Darlan figuraban cuatro ministros homosexuales, como Abel Bonnard —a quien apodaron “la bella Bonnard” y gestapette, mezcla de Gestapo y tapette (‘maricón’)—, ministro de Educación Nacional entre 1942 y 1944, o Jacques Benoist-Méchin, encargado de las relaciones con Alemania hasta 1942, que escribió extáticos textos sobre el cuerpo de Adolf Hitler y buscaba la compañía de los soldados ocupantes, cosa que preocupaba a la policía…
Muchos homosexuales han dejado huella en la historia de las derechas nacionalistas francesas, empezando por el escritor y periodista Robert Brasillach, egresado de la prestigiosa École Normale Supérieure, especialista en poesía griega antigua y terrible polemista antisemita, que fue fusilado durante la liberación. Existe una tradición homoerótica dentro de esta extrema derecha que adora la figura del “hombre nuevo”, a poder ser joven y desnudo (2).
Otro colaboracionista, el novelista Alphonse de Châteaubriant, que dirigió el repulsivo periódico La Gerbe, saludaba la “virilidad” nacionalsocialista. En lo que es un signo de continuidad, el mensual Gaie France, publicado por homosexuales de extrema derecha en 1986, elogió la pedofilia —el “último tabú”—, lo que le valió a sus responsables detenciones y penas de cárcel. Las fotografías de jóvenes arios desnudos daban dinero, y una larga impunidad les hizo creer que todo estaba permitido. Gaie France, que dejó de publicarse en 1993, contaba con miles de lectores en su momento de mayor gloria.


