“Espero no vivir para ver la adhesión de Ucrania, y espero vivir mucho tiempo aún”. Jerzy Płachta, agricultor de Pińczów —en el voivodato de Santa Cruz, a 80 kilómetros al norte de Cracovia—, se muestra preocupado. Su mujer, Renata, que dirige su explotación familiar de cereales y leguminosas, matiza sus palabras: “No tenemos nada contra los ucranianos, que se adaptan bien. En 2022 nos ofrecimos para acoger refugiados y dimos dinero a las asociaciones benéficas o para la compra de drones. Los apoyamos, pero su país es un peligro para la agricultura polaca”.
Estamos a finales de mayo, el trigo está ya alto y las primeras alubias rojas empiezan a germinar en estos campos abiertos salpicados (...)



