Era mucha la complicidad que existía entre los primos Vladímir y Nikolái. El hecho de que las direcciones que tomaron sus respectivas carreras los hubieran separado no cambió nada durante mucho tiempo. El primero “se subió” a Moscú para trabajar como consultor en grandes firmas extranjeras; el segundo se quedó en Volgogrado, la ciudad natal de ambos, donde dirigía una pequeña empresa individual que proveía de piezas de recambio a las industrias locales.
Veinte años atrás, los habíamos acompañado en una visita al pueblo natal de su abuela, en las inmediaciones de Sarátov. Encaramado en una colina, el antiguo koljós en el que sobrevivían una decena de habitantes —de los cerca de 3.000 con los que (...)



