“Antes construíamos cosas útiles para transportar a las personas. Ahora construimos cosas que las matarán”. Tony Menzel, mecánico, recuerda cómo asomaron las lágrimas a sus ojos el día en que “su” fábrica de Görlitz, una pequeña ciudad sajona no lejos de la frontera con Polonia, se convirtió en una factoría de armamento. Allí se fabricaban vagones desde hacía 176 años, los cinco últimos bajo la tutela de la multinacional francesa Alstom. El tren que salía de sus instalaciones, un tren regional rojo de dos pisos, es un símbolo de las líneas ferroviarias de cercanías en casi toda Alemania. “Todos estábamos orgullosos de él”, admite Menzel.
En lo sucesivo, y bajo el control (...)





