En su pretensión de monopolizar la politización de la condición judía, reducida a una concepción estatista y etno-nacionalista, el sionismo exige la solidaridad incondicional de todos los judíos con el Estado de Israel. Sin embargo, en el mundo pos-Gaza, minorías judías que cada vez tienen más voz tratan de sustraerse a ese dominio (1). Tres obras recientes publicadas en Francia exploran esa vía.
“Las emancipaciones judías todavía tienen algo que decir, algo que el mundo todavía tiene la responsabilidad de escuchar”, afirma la investigadora Yuna Visentin (2). No obstante, la repolitización de la condición judía debe escapar a “la apropiación de la historia, el nombre y la existencia de los judíos por parte de aparatos estatales o de aspiraciones nacionalistas, supremacistas, fascistas, coloniales y racistas”, esto es, al proyecto sionista, pero también, en Francia, a una versión desvirtuada de la República. El núcleo del planteamiento de Visentin consiste en demostrar que una defensa de la condición judía “no implicaría tanto (...) la defensa de uno mismo, como de la pluralidad confiscada por la dominación”. Para conceptualizar este enfoque, la investigadora reactualiza el potencial de “algunas virtualidades no resueltas del pasado”: Walter Benjamin, el Gershom Scholem de las décadas de 1920 y 1930, y Bernard Lazare, socialista libertario y primer defensor de Alfred Dreyfus a quien Hannah Arendt definió como el “paria consciente”, retomando a su manera la noción de paria que él había elaborado (3).
El filósofo Michel Feher también invita a “recuperar a Bernard Lazare” para “volver a ser judío” (4). La consolidación de la posición de los judíos en el orden occidental actual se basa, según él, en un “pacto de blanqueamiento recíproco”: por un lado, los judíos han sido aceptados como “blancos de pleno derecho”; por el otro, “nos corresponde atestiguar que la mayoría de la población de la que formamos parte ya no muestra la menor complacencia hacia la judeofobia”. Esto implica “una redefinición del antisemitismo”, que se atribuye a “todo aquel al que indignan los crímenes del Estado israelí” y a las “manifestaciones de empatía hacia los palestinos” provenientes “mayoritariamente de las filas de minorías de las que [los judíos] son llamados a desvincularse”.
Ahora bien, para Feher, “fiar la preservación de nuestra condición de blancos a la idea de la ‘muralla’ israelí” es una garantía frágil, cuyo coste podría volverse demasiado elevado. “Volver a ser judío” sería entonces la única salida: se trataría de reconectar con la condición diaspórica que recela de los atrincheramientos nacionalistas, pesadilla “de los supremacistas de toda clase”, incluidos los sionistas, y asumir la figura del paria, cuya misión sería “comunicar la inseguridad identitaria” a las sociedades donde viven.
La asociación Tsedek! trabaja para “reconstituir la judeidad como condición social (...) junto a otras poblaciones oprimidas y víctimas del racismo de Estado” (5). El colectivo, creado pocos meses antes del 7 de octubre de 2023 por una nueva generación de activistas —y cuyo nombre remite a una noción de justicia arraigada en la tradición judía—, se define, en tanto antirracista y descolonial, como antisionista. Sus luchas se inscriben en una sociedad francesa en la que, a su entender, “los judíos sirven hoy de excusa al Estado para aplicar políticas represivas, autoritarias y racistas” en aras de la lucha contra el “nuevo antisemitismo”, el cual “asigna a las poblaciones procedentes de la inmigración poscolonial el rol de principal amenaza”. Una de las tareas históricas que se ha fijado Tsedek! es “desnormalizar el sionismo” reconectando con los legados judíos, tanto religiosos como revolucionarios.


